La película y la novela escritas por George Perec, dirigida en conjunto con Bernard Queysanne; nos llevan en un mismo paseo por la soledad y la repetición. En uno entraremos por la narración de una mujer a la que adoptamos como subconsciente; al inicio el ambiente nos sienta junto al protagonista y nos vemos en su reflejo, el tiempo y nuestra atención se ajustan con la narrativa de un joven abnegado del mundo.
Desde el inicio estamos presentes y la ciudad también, los paseos se sienten más largos a 24 cuadros por segundo; la interacción con la gente invade y se queda grabada con el mismo discurso sesgado que lleva al encierro “involuntario”. La ciudad nos controla y nos dejamos ir… un despertador suena. Volvemos a ver nuestro rostro en el espejo roto y ahí la novela me empujó a dejarla por un rato…
Limpiar nuestros peso, hacer milagros con el agua; mentir y seguir en el confortable caudal de la mediocridad. Algo en el camino por la ciudad, nos devuelve la atención a la narrativa y notamos que estamos en un examen; el tiempo pasa y tú te distraes viendo las respuestas de los demás. No haces nada y te vuelves a desconectar de la película.
Otra vez estamos en un cuarto y la narración te dice que te estás volviendo loco, los tambores lo confirman; sales y entras, sales y entras, juegas y tomas café. Cuando te buscan te cierras y como espectador deseas que se abra la puerta, pero nunca pasa. Te buscas y ten encuentras en una proyección, el protagonista está solo y tú también. La película no avanza, parece que retrocede y la novela lo confirma cada que puede.
La luz del cuarto se prende y notas que ya no vives tu vida, te pierdes en tu recuerdos intentando buscar ese objeto que perdiste en el camino; la búsqueda por el entendimiento de tu retorcida apariencia te lleva a la fractura y en esas fisura en forma de laberinto, nos perdemos con lo que sea que nos permita estar en paz. Tu ubicación es el centro del mundo, un círculo que gira y no para; nada pasa. Los tambores vuelven y se hacen uno con el día a día; volvemos a la película. El silencio existe y la narradora nos lo presenta.
Salimos y ya no buscamos historias en la calles, ya no va al mismo café de siempre; no se encuentra con nadie en el cine. Ya no sabes en donde va, todo parece inmóvil y la gente contempla la vida; aparecen caras en descomposición y sientes presión. Un pago te hace divagar por tus necesidades económicas, hasta que vuelve a la habitación y miramos al protagonista.
No entiendes nada; hasta que por reconoces un galería, intentas entender la obra y la ves desde diferentes puntos. Pasó mucho tiempo y no entiendes nada, antes de salir dejas tu nombre ilegible con una dirección falsa. Mucha información, parece que siguen en la misma dirección; en la novela viajamos con los padres pero seguimos inmersos en nuestros pensamientos. Sentimos soledad hasta la vergüenza. Haces trampa y vuelves a abandonar la película y la novela.
Tanta repetición te hace creer que tienes ansiedad, no sé si me está gustando la película; caminas sin sentido junto al protagonista; la repetición es eso en común que te ayuda a volver a la narrativa. Los tambores vuelven y sus pasos se confunden con tu subconsciente; el protagonista sigue su sombra mientras reflexiona que es su propia sombra, parece ser que terminará pronto.
Todo vá más rápido, en la película se pierde entre la gente y los incómoda; en el libro se enoja con el mundo, alterando su paz y la del mundo… Ahora hay tristeza y ya no quieres que la película siga; sin embargo lo hace y se dirige al final. En un monólogo prolongado nos lleva por la destrucción y el fatalismo; el mundo está paralizado esperando a que algo pase. Un lavabo vencido. No hay nadie.
El protagonista vive y nada ha pasado, nuestra indiferencia no ha logrado conectar nada; el protagonista estuvo solo y pensó todo. Nada pasó. El narrador nos dice que todos los individuos son insignificantes comparados con el mundo; querer un cambio desde el pensamiento no atrae milagros, las cosas no explotan de la nada. Nada pasa. Quisiste ponerle pausa a la película pero la vida todavía seguía.
No eres amo del mundo,
no eres dios.
Ya no eres inaccesible; tienes miedo y esperas.
La lluvia será pretexto para no salir.